Rituales del Imaginario
Residencia artística en Arantzazu, Guipúzcoa
Octubre – Diciembre 2016
La materia es el inconsciente de la forma. No se trata tanto de describir formas como de pesar una materia.
Gaston Bachelard
EL INSTANTE POÉTICO Y FLUIDO DE LA PINTURA DE CÉSAR BARRIO
En sus consideraciones sobre la memoria perdida de las cosas, Trías señala que en este mundo en que ha gustado la naturaleza de ocultarse a nuestros ojos y silenciarse
a nuestros oídos, la reflexión filosófica
sólo puede apoyarse, como experiencia primaria, en la experiencia de la ausencia
de experiencia, en la experiencia del vacío dejado por las cosas huidas o desaparecidas: “Sólo desde cierta lejanía respecto al mundo real –apunta Eugenio Trías- es posible abrirse a una comprensión lúcida del mismo; sólo desprendiéndose de un mundo que se origina del derrumbamiento del mundo mismo en el que habitan cosas y abriéndose a la revelación del vacío y a la conciencia de la ausencia que sustenta este mundo en el cual vivimos. Pero esa lejanía debe ser contrarrestada con una conciencia viva con ese mundo sin cosas, toda vez que es sólo en él donde pueden brillar indicios y vestigios de lo que huyó o de lo que está acaso por venir. La experiencia filosófica de hoy tiene, pues, en la falta de las cosas, y en la memoria y esperanza que esa falta, sentida dolorosamente, desencadena, su apoyatura mundana”. Aquella “agorafobia espiritual” de la que hablara Worringer en su libro Abstracción y naturaleza, queda corregida en esta visión de nuestro tiempo como crisis de la memoria, como una ausencia de lo concreto que lleva a una visión totalizadora. El arte, como sabemos desde el Romanticismo, y como es manifiesto en los cuadros de César Barrio es, en cierta medida, un recuerdo del sentimiento sublime ante el desbordamiento de la naturaleza. Acaso, el caos de la creación contemporánea, manifiesto en la pintura sedimentada sobre metacrilato en las composiciones recientes de César Barrio, sea una alegoría de la naturaleza, cuando está ya es lo incontrolado.
La obra pictórica de Cesar Barrio gira, simbólicamente, en torno al agua y a su potencia onírica y vital. Se trata de escapar de la idea del agua como algo asociado a un vano destino, de un sueño que no consuma, para localizarla en una vivencia esencial, un juego aleatorio de hondas que, como afirma Gastón Bachelard, “sin cesar transforma la sustancia del ser”. Agua como aquella en la que pensara Heráclito al afirmar que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, fundida la subjetividad en el elemento que pasa (la identidad se refleja y disuelve
en el seno del agua) dejando como rastro limo. La inmersión en las aguas significa el retorno a lo preformal, en su doble sentido de muerte y disolución, pero también de renacimiento y nueva circulación, pues la inmersión multiplica el potencial de la vida. El nacimiento se encuentra normalmente expresado en los sueños, como señaló Freud, mediante la intervención de las aguas. Se alude, en la pintura de César Barrio, al agua y a sus desplazamientos, alegorías de ese elemento a lo transitorio pero también a la finitud: el agua es la profundidad transparente, algo que pone en comunicación lo superficial y lo abismal, por lo que puede decirse que esa sustancia cruza las imágenes. La metáfora del agua utilizada por César Barrio, como elemento crucial y vital, nos lleva a poner de manifiesto lo invisible, esto, lo inaudito y desacostumbrado pero, al mismo tiempo, esencial para comprender la experiencia contemporánea.
César Barrio ha realizado una residencia en
el espacio “Catedrales” junto al santuario de Arantzazu. Sus hermosos y vigorosos cuadros, realizados con pigmentos, resinas y barnices sobre láminas de metacrilato, son el resultado de un intenso diálogo con la naturaleza circundante. Las cinco obras de gran formato que se reproducen en esta revista revelan a un artista verdaderamente maduro que ha sabido revitalizar la estética moderna del action painting sin adoptar la condición epigónica. Con un sentido lírico del color, consigue ajustar lo voluntario y lo azaroso, dejando que la pintura sea. En el arte es mucho más importante lo que mira que lo que vemos, esto es, necesitamos de aquello aurático, en el sentido establecido por Benjamin, que
era un momento intenso en el que algo nos “correspondía”, una experiencia que nos fascina y mantiene a distancia como también sucede con los cuadros de César Barrio. La experiencia estética es un espacio del deseo que nos ofrece, simultáneamente, cercanía
y separación. “¡Nosotros –dice Nietzsche- siempre queremos vivir la experiencia de una obra de arte!¡Por tanto tenemos que plasmar la vida de forma que este deseo se alimente por cualquiera de sus partes! Esta es la idea principal”. Bachelard, una influencia crucial para este pintor, decía que la casa primera
y oníricamente definida debe conservar su penumbra, siendo una suerte de recuerdo
de la primitividad del refugio; pero más allá de las situaciones vividas, hay que descubrir los acontecimientos soñados: abrir una vez
más el territorio de las imágenes acuáticas primordiales que, en cierta medida, han sido los centros de fijación de los recuerdos que
se quedaron en la memoria. El tiempo de la sensación, como todo lo que de verdad nos emociona, deja nuestro ánimo en suspenso, lleva a la mirada a una búsqueda del ángulo apropiado, esperando que el instante se abra como un regalo. Los cuadros de César Barrio entregan el don del instante y también aluden al fluido del tiempo, nos invitan a contemplar esa “naturaleza” sometida a las reglas del arte y, sobre todo, imponen una presencia admirablemente poética.
Fernando Castro Flórez
Publicado en Ars Magazine, nº 34, Abril – Junio 2017


























